Sebastián, esta noche cenaremos juntos, así que cuando me sirva los platos no se retire y ponga para Usted, déjese de comer en la cocina.
Y no ponga conejo, olvide las gaitas esas del IPC y prepare una jugosa cena, advierta lo de jugosa, que mis marfiles ya no son lo que eran.
Saque la cubertería de plata y el cristal de bohemia, escoja un buen vino, que Usted entiende, pero que no sea de los que se sube a la cabeza, que le quiero contar historias, pero no quiero explayarme más de lo prudente ni exceder cierto umbral de detalles.
Espero que haya dejado algún almendrado, que se los devora Usted todos con eso de que le da pena tirarlos porque yo no me los como. Nadie prepara los almendrados como Blasa, qué manos tiene esa mujer, hoy probaré uno, ponga una bandeja con dulces surtidos, que me entretendré eligiendo uno para Usted.
Y eche unos buenos troncos al fuego, que lo quiero ver arder brioso, que es nochebuena.
Ah, y traiga algunas flores de su invernadero, las mejores, póngalas en el búcaro que me regaló el otro día Don Romualdo, el de la tienda de herrajes, qué acierto tuvo al elegirlo, no sería él, es imposible que llevando ese bisoñé tan poco disimulado ese hombre tenga buen gusto para algo.
Venga, aligere Sebastián.
Hace ya mucho que no aparecen en la bloga estos dos entrañables personajes, ¿qué será de ellos?
Imagino que Sebastián seguirá con sus plantas, mayo es el mes de las flores dicen, seguro que tendrá los jardines del cortijo preciosos.
La Marquesa como siempre llamándolo para que acuda presto a matar una araña, llevarle un vaso de agua o similares.
Hay unas jacarandas preciosas en el cortijo, ahora están con sus flores, bajo las mismas un banco de piedra, a veces se sienta en él La Marquesa, tras pedirle un cojín bien mullido a Sebastián. Desde allí contempla los atardeceres en el cortijo, "Sebastián, ya se puede marchar, déjeme sola con mis pensamientos mientras disfruto de este ocaso, paralelo al mío", a lo que Sebastián contesta que es muy exagerada La Marquesa.
Pardiez, repuñetas, perdimos el carromato!
La calesa iba veloz, los caballos estaban sedientos, creo que en algún momento incluso les faltó el aliento, echaban reojos hacia atrás, como diciendo, estos se han vuelto rematadamente locos.
La peluca se me destrababa, yo sólo pensaba en dos cosas. Mejor dicho en tres.
La primera, que la peluca estaba empezando a no sentarme bien, que no se mantenía en su sitio, que el flequillo precioso que Virtudes recortó adecuado a los ojazos verdes que ella solamente veía, porque por cierto ahora que caigo los tengo vulgarotamente marrones, estaba empezando a colocárseme en una u otra oreja, según la curva.
La segunda, que las medias piernas abiertas para sostenerme ante el vaivén, y las rodillas juntas para guardar la compostura, iban a acabar definitivamente con la artrosis de narices que guardo con esmero en el cajón de los secretos.
Y la tercera, la más inaudita y sorprendente, que Sebastián seguía comiendo pipas a dos carrillos.
Y la diligencia, cuando llegamos, se estaba yendo puñetas.
Anda Sebastián ahora preparando algunas tisanas para La Marquesa, que parece que no tiene buen cuerpo esta noche, ha salido hace un rato a casa de Doña Florencia a ver si le daba algunas recetas para preparar remedios que curen los males del cuerpo en días fríos como estos.
Suerte que Sebastián tiene en uno de sus huertos e invernaderos todo tipo de hierbas raras que sólo se oyen nombrar en libros de conjuros y en casa de Doña Florencia.
Tendrá que usar un cuchillo de plata de la cubertería buena para cortar algunas plantas, ha hecho mucho hincapié la experta: "Sebastián, haga el preparado usando utensilios de plata, que no es cuestión baladí".
Yo le digo a Sebastián que no se preocupe tanto, que será algo sin importancia, que la mismísima Marquesa le diría "por dios, Sebastián, que es sólo un catarro, esto se cura con cama, mantas, sopas y leche caliente, que no me voy a morir, eso quisiera Usted, para que lo dejara tranquilo, ande, ande, traiga las mantas esas de pura lana que me regaló Don Marcial y no se aleje mucho de mi vera, que no tengo la garganta como para gritarle y a la que me descuido se me va Usted a sus jardines y me deja aquí postrada a la buena de dios."
Paca, la chocolatera, apareció durante la siesta. Paca, la siempre oportuna Paca.
La comida había sido opípara, Marusa, la cocinera, dice que me ve flaca, mejor dicho decía, que ya decir, no me dice nada. Ni corta ni perezosa se puso manos a la obra a pelar y a meter en salsa las cuatro liebres y las dos codornices que Sebastián, que iba de primeras, acertó a cazar en el coto de la prima Maria Angustias.
Real y sinceramente, a mí las liebres no me gustaron nada de nada, y envié a Sebas como avanzadilla para decirle a Marusa que si piensa enviarnos a la funeraria, que lo haga rápido por aquello del qué dirán, que el color verde morado sabor a muerto no me gusta nada.
A la Marusa no le hizo ni pizquita de gracia. Vino a la mesa, recogió los platos mirando al firmamento, hizo un cuarto de vuelta así como de soldado raso tendente a coronel, y enfiló su caminar hasta la puerta de entrada a su amantísima cuece caldos. Qué genios!
La historia de Paca viene mañana.
En la fiesta del casino, entre las copas, entre mis infusiones de menta con canela en rama, de la recién cortada, entre verde y flores, brindábamos por la paz, por la bondad, por la amistad ya no tan en pañales, por la jovencita criatura, por la que iba creciendo despacio a veces y con más intensidad en otros momentos, por la complicidad, por el cariño, por la distancia compartida, por la soledad más diluída, por las ganas, por el tiempo más generoso, por el nuevo año, por la ilusión.
Luego volvimos a casa, a hablar en silencio y a descubrir más calor.
Es el invierno época de cierto relajo para Sebastián, en el jardín el cuarto de la leña está a rebosar, se avecinan noches frías, se agradecerá el cálido fuego en esas madrugadas de sábado en las que la Marquesa se explaya contando a Sebastian confidencias y vivencias mientras comparten unas copitas de pacharán.
Acabó bien el año, comenzó muy bien, está muy feliz Sebastián en el cortijo, no hay aburrimiento posible y aunque a veces la Marquesa parezca un poco gruñona es en el fondo una mujer encantadora.
Dejo a Sebastián que me dice que tiene unas castañas al fuego y que gusta de comérselas calientes mientras mira el paisaje tras los cristales y al calor de la lumbre.
Nos invitaron a una fiesta el treinta y uno.
Estábamos tranquilamente, delante mismo de la chimenea, bebiendo un par de anisetes.
Chuky estaba molesto, cuando vienen a desparasitarlo se pone de un humor tan de perros que dan ganas de mandarlo de regalito al caribe por lo menos.
Sonó el teléfono, era mi prima Angustias, que nos esperaban en el Ateneo, el casino de perdición ese que han reformado este verano para las fiestas.
Sebastián no se lo pensó dos veces, se ve que estaba aburrido como las ostras, cogió su capa negra y se dispuso a zarpar a otros horizontes más calientes.
El carruaje, Primoroso, que nos vamos. No olvide decirle a mi primo Escolástico que mañana comemos en la barbacoa, que ha llegado hoy y está jugando a los cinquillos con nuestra casta prenda doncella.
Recuerdo que fuimos a la verbena en el coche nuevo. El desacato era temible, el padre Ambrosio, el nuevo, miraba desde la ventana del monasterio de al lado de la iglesia y se santiguaba, yo lo ví mientras comía garrapiñadas hasta hartarme. Estaban riquísimas y aproveché mi pérdida de kilos por el disgusto de haber vuelto al cortijo y ver que aquello parecía sodoma y gomorra a lo grande, y decidí dar un ligero beneplácito a la gula, perdóneme mis pecados el altísimo.
Sebastián recuerdo que bailaba con la rubia hasta hartarse también, así que lo rescaté con hábiles maniobras, vamos, que mandé al churrero a que le dijera al loco de la pista que dejara de hacer el memo, y me lo trajo hasta mí.
Ah, ya ha terminado de bailar, pues vayámonos al cortijo, es pronto pero está bien así, hay una luna preciosa, la veremos por el camino.
Lo cierto es que no podía aguantar un pis que me venía trayendo loca desde hacía unas dos horas. No podía soportar la idea de entrar a los urinarios que montan en estas verbenas, aggggggggg.
Pare, Sebastián, hay una luna preciosa. Entusiásmese mirándola, yo mientras observaré algunas libélulas despistadas.
Rauda y veloz, todo lo que se puede a estas edades, convencí a mi fiel Sebastián de que me contara mientras tanto todos los cráteres visibles a simple vista, y vive dios que me los contó uno por uno.
Pasado el soponcio, seguimos el camino lunero.
Desde aquella noche, vive alunizado aún, no sé si en el baile o en los sucesos que acontecieron a la mañana siguiente..
Intuía Sebastián que la Marquesa estaba hartándose ya de la fiesta y de sus amigas viudas, "son mis amigas y las quiero bien, pero un poco amuermadas sí que son" decía a veces la Marquesa de ellas.
Se libró como pudo de los masajes de Virtudes, que por lo que parecía no sabía muy bien qué era la zona lumbar, o que sabiéndolo, prefería masajear otras zonas de la anatomía de Sebastián.
Ya en el coche, de vuelta al cortijo, hablaban Sebastián y la Marquesa de distintas cosas, hasta que buscando el momento propicio, dijo ella: "Parece maja Virtudes, baila bien, se pega mucho a Usted, como una lapa diría yo, está hecho todo un Fred Astaire".
Le encantaba a Sebastián ese insinuar sin decir de la Marquesa, "es simpática Virtudes, me suele atender casi siempre que voy a comprar las hogazas de pan, siempre está bromeando con mis atuendos y me dice que se me va a pegar su carácter de tanto ir con Usted".
"Qué niñata insolente, ni que mi carácter fuera desagradable, qué piensa Usted Sebastián, sincerese, no corre riesgo de ser despedido, más que nada por que no hay muchos mayordomos fieles no se piense", y se puso a reir sola.
Parecía otra la Marquesa cuando reía, no lo hacía muy a menudo, y siempre era una especie de fiesta.
Cuando paró de reirse la Marquesa de su ocurrencia, comentó que hacía una noche preciosa a pesar del frío, "Sebastián, pare aquí en la carretera, vamos a ver la luna sentados en esas peñas, coja la manta de gruesa lana que hay en el maletero y salga conmigo, no vaya a resfriarme por este capricho de adolescente".
Y así, mirando la luna un rato como embobados, sin decir nada, cada uno con sus pensamientos, quien sabe si los mismos, dejamos esta noche a estos dos entrañables personajes.
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Escribo sin mayores pretensiones, las cartas van dirigidas a una mujer real, las musas etéreas dejémoslas a otros.
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